viernes, 19 de mayo de 2017

En un día cualquiera

Es un día cualquiera de 2003, mientras pasaba los canales de la televisión por cable ilegal, comenzó a correr (tal vez en AXN) un video musical: un tipo en camisilla gris sentado con la mirada fija en el piso. Un bajo. Una guitarra. Una batería. Y la voz del tipo de bigote delgado. Un bigote que a cualquier otro se le hubiese visto ridículo. Pero no a Chris Cornell.

Like a Stone golpeó sobre mí como pedrada en el gusto musical. Como un pescador, con el control como caña, me dediqué desde ese día a esperar a que apareciera una vez más el video de la canción. No podía dejar de escuchar la voz de ese tipo. Nunca la dejé de escuchar.

En un mundo en el que apenas empezaba a popularizarse la palabra Internet, sin la rapidez, sin la cobertura, sin Youtube, hice lo que hoy es impensable. Ahorrando hasta el último centavo (con lo poco que podía hacer alguien a sus 16 años), compré el álbum Audioslave, que, por cierto, no fue nada barato.

Había en la portada una llama gigantesca y alguien minúsculo contemplándola. Vino la tarea inevitable, maniática, el intentar darle significado a las cosas: llama prometeica. Música robada a los dioses para conservar en la tierra un pedazo de divinidad. Calor para el alma. Sentido al mundo.

Más tarde, vino el tiempo. Saber qué era Soundgarden, el grunge, el post-grunge, las otras fantásticas canciones, la fama, las adicciones. La historia. 

Aun así, me quedo con lo que sentí: ¿cómo podía ser una voz fuerte y frágil a la vez? ¿Cómo lograba producir heridas y ser reparadora al mismo tiempo? ¿Cómo nostálgica y esperanzadora? ¿Cómo lo hacías?

En al amanecer de un nuevo día, mientras preparo huevos fritos en una ciudad lejana de casa, me entero de la muerte de Cornell. No puedo evitarlo: las lágrimas de un pasado muy presente. “Gracias, viejo”, pienso. “Gracias”.  



domingo, 6 de noviembre de 2016

El alcalde que no sirve

Lo dicho por el alcalde de Cartagena, “¿para qué sirve la filosofía?” en la ciudad me hace pensar un par de cosas. Obviamente sobre la  ignorancia del mandatario elegido por los cartageneros. Pero también el hecho de que para la mayoría de la sociedad la filosofía es algo inservible.

La filosofía – que de manera paupérrima recibimos en el colegio –, se define del griego antiguo y del latín como “amor a la sabiduría”. En ese sentido, el desprecio a la filosofía en sí mismo es el desprecio a la sabiduría, al conocimiento del mundo y del ser. No es de extrañar por qué la política de la ciudad es un desastre si esta es ejecutada desatendiendo al conocimiento contextual e histórico de sus problemas más elementales. Tampoco ha de extrañar el desdén de la mayoría de la sociedad en la participación política, pues no hay identificación con ésta.

Sin embargo, esa misma filosofía que desprecia le podría enseñar un par de cosas de cómo gobernar mejor una ciudad que se aniquila a sí misma:

La ontología le podría brindar elementos para resolver preguntas como ¿Qué lo hace real como alcalde? ¿Por qué lo piensan como payaso? ¿Todas sus acciones como alcalde corresponden a eventos de algún tipo de ley? ¿Qué leyes? ¿Manolo sirve? ¿A quién?

Desde la gnoseología podría entender que no lo sabe todo, y que el conocimiento puede tener sus límites, teniendo en cuenta cómo y de dónde se adquiere.  Podría ayudarle a dejar de hacer el ridículo si comprende que debe saber y entender  de lo que habla. En el mejor de los casos dejar de fiarse sólo de lo que sabe o creer saber, preocupándose por cómo en verdad puede conocer la realidad para no seguir contribuyendo al desastre de la ciudad.

Desde la lógica tal vez aprenda a hacer más coherente en sus argumentos (y si no los tiene, ayudarle a construirlos).

Desde la ética… ¡Diablos! Si tan solo aplicara ésta podría ser mejor mandatario. Aprendería  a moldear una mejor virtud política y personal, y entender mejor que su cargo público, alcalde (que viene del árabe y significa juez) lo inviste de unas responsabilidades y funciones fundamentales para la convivencia, la paz y el desarrollo de los ciudadanos. Y que su gobierno con las élites políticas de siempre hacen de su mandato algo inmoral.

Desde la filosofía política aprendería a moldear mejor su relación con la sociedad, respetando e incentivando el empoderamiento de los ciudadanos con la sociedad, el estado, la ley y la justicia. Preguntándose a cada instante cómo debería hacer (para mejorar) las relaciones entre los  individuos y la sociedad, trabajando en ello cada día de su gobierno. 

Desde la filosofía del lenguaje tal vez apreciaría mejor la complejidad del lenguaje, y el poder que tiene este.  Podría entender que cada palabra suya, cada frase, sus discursos, desde su postura de poder contienen elementos que repercuten para bien o para mal en la ciudad. Que decir que “la filosofía no sirve” hace parte de un discurso utilitarista que se apega a una noción de progreso cuestionable y que, entre muchos elementos, contribuyen a un deplorable ejercicio democrático donde lo inmediato, lo irreflexivo se hace importante, más que el hecho de pensar una mejor sociedad, una mejor y más incluyente Cartagena. 

Esto por nombrar algunas cosas que desde la filosofía se podría aprender.

Cuenta mi padre que cuando niño, si alguien se moría en fiestas, era normal que se escondiera al cadáver hasta que la fiesta acabara, y luego ahí si velarlo. La élite política de la ciudad hace rato está de fiesta con los recursos de ésta, y nosotros estamos bailando hace rato a su son. Algún día habrá que sacar ese cadáver, algún día habrá de acabarse la guachafa que tienen y ponernos a pensar el por qué hay una agenda arriba totalmente desconectada con los principales problemas de la ciudad. Algún día habrá que filosofar seriamente quiénes  somos como ciudadanos, para qué (nos) sirve la ciudad y para dónde carajos vamos.



domingo, 15 de mayo de 2016

Cuando pierdes

Ignorancia y desconocimiento, con  ninguno te escapas del dolor.

Un niño en su cuna llora. Un hombre en la calle vende sus dulces. Un joven padece de amor. Todos pierden desde que nacen. Todos ya están muertos.

Sucesión de pérdidas.

Le pides a Dios sabiduría. Pero te la concede cuando te equivocas. Su sentido del humor es perverso. Y justo.

Quieres bailar, pero no hay nadie que te acompañe. Quieres bailar, pero no hay música. Quieres bailar, pero no sabes cómo.

¿Quién eres? ¿Qué quieres? No sabes responder. No quieres responder. Un abrazo. Un beso. Un orgasmo.

Somos el excremento de Dios, la mierda en el paraíso.

Quieres amar, pero no sabes cómo. Ensayas, te equivocas, lastimas y eres lastimado. Eres el héroe y el traidor. Eres el caballero y el dragón. Eres la doncella y la bruja.

No quieres morir, pero no quieres vivir.

Sólo conoces que es perder en este juego que tiene reglas que nunca te enseñaron. Y aún así quieres más. Quieres seguir jugando. Quieres seguir perdiendo.







martes, 8 de diciembre de 2015

El Galeón San José: el tesoro del explotado

Desde que el presidente Santos confirmara el descubrimiento del San José, galeón cargado de oro, plata y piedras preciosas, se han manifestado sensaciones de curiosidad, de expectativa y hasta de codicia y sueños sobre qué hacer con este tesoro.

Solo pasaron unas cuantas horas para que el Gobierno español anunciara que solicitará a Colombia “información precisa” sobre el hallazgo, lo cual ya deja muy mala espina sobre las verdaderas intenciones del país europeo, ya incluso se habla de "negociación". También, gracias a los medios, se han divulgado información sobre los intereses que existen, como la de SSA (Sea Search Armada), quien tiene una demanda al Estado colombiano por 27 mil millones de pesos, y que incluso podría desatarse a futuro con Nicaragua un posible conflicto de intereses debido a la frontera marítima en disputa con dicho país.

Pensar en tesoros, soñar con tesoros enterrados en remotas islas o sumergidos en el Caribe, ha alimentado la imaginación de millones en el mundo, no por algo La Isla del Tesoro, la primera novela exitosa de Robert Luis Stevenson, publicada en 1881, siguen siendo tan emocionante como en el pasado. Sencillamente el afán de la aventura premiada por un tesoro de incalculable valor es algo demasiado atractivo en un mundo dominado por la monotonía, la pobreza y la injusticia.

Sin embargo, el tesoro transportado por el Galeón San José tiene elementos aventureros menos dignos: venía del Virreinato del Perú y esto es clave.

El Virreinato del Perú (Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia, parte de Argentina y de Chile), junto al de Nueva España (México, gran parte de Estados Unidos, Centroamérica, Cuba, República Dominicana, Trinidad y Tobago) eran los más importantes territorios coloniales generadores de recursos para el Imperio Español. La principal fuente de recursos del Virreinato del Perú era la minería y extracción de riquezas del exterminado Imperio Inca.Y con ello también el establecimiento de la maquinaria colonial: la mita y la encomienda, los cuales básicamente subordinaban a la población originaria a trabajar en condiciones insostenibles y pagar deudas que incluso de perpetuaban por generaciones.

Se calcula que en el mar Caribe puede haber más de 1200 naufragios, muchos de ellos con cargamentos de oro, plata y demás tesoros. Todos y cada uno de aquellos naufragios proceden de la época colonial, y por consiguiente arrastran la misma mancha de sangre y afrenta. Por eso el debate del qué hacer con ello se convierte en un tema importante para el reparamiento de las heridas y marcas de dicha época, todavía hoy vigentes.

Las posibilidades son varias y muy complejas. Si los naufragios se consideran patrimonio, ¿se puede vender un patrimonio? Si se vende, ¿cómo sería el procedimiento?, ¿qué se haría con los recursos? ¿Podría considerarse como patrimonios de la nación y aun así hacer que generen recursos, tal vez con el turismo y la exhibición local e internacional?, ¿cómo distribuir dichos recursos?, ¿qué papel cumplirían los actores descendientes en el papel de la distribución?

Hasta la misma forma de preservación de este patrimonio, ya sea con la extracción del material o la conservación in situ, se vislumbra compleja. Por eso es importante que el papel de la academia, en conjunción con la Armada Nacional, para el tratamiento de los restos.La cuestión dicta de tantas posibilidades que incluso pueden conformarse debates desde el punto jurídico (del cual ya se comenzó hace décadas), patrimonial, cultural y hasta turístico. Aun así, las distintas posibilidades no deberían perder el punto de vista del origen de estos pecios.

Y en esa medida, los recursos económicos y culturales que generara el Galeón San José, al igual que los demás naufragios, deberían tener como protagonistas a los descendientes afroamericanos e indígenas en situación vulnerable. Este tesoro es fruto de una dinámica colonial despreciable, en una época en que el continente era gobernado por una élite que se pretendía superior racial y culturalmente, en la que millones de seres humanos fueron desplazados, esclavizados, expropiados y muertos en sus territorios, en su cultura y hasta en su lengua.

Este tesoro  está manchado en sangre y el lavarlo es una responsabilidad histórica para remendar los errores comentados, errores que aunque en parte ya muchos no vemos como nuestros, siguen teniendo consecuencias en el presente ¿O es que acaso todavía no mueren los niños wayúu de hambre? ¿Acaso las comunidades afro e indígenas en todo el continente no siguen teniendo las tasas de mortandad infantil, pobreza y desigualdad económica más altas en comparación con el resto de la población? ¿No sería justo que se pensara en un órgano transnacional latinoamericano que se encargara de administrar y velar por una justa distribución cultural y económica de los tesoros y riquezas obtenidas en la colonia?

Como tal, puede que jurídicamente el Galeón San José pertenezca al Estado colombiano, pero moralmente seria cuestionable utilizar los beneficios sin que incluya a los descendientes que siguen sufriendo las consecuencias coloniales. Tal vez con este tipo de acciones empecemos a demostrar que somos mejores que las generaciones pasadas.


martes, 15 de septiembre de 2015

Pecados

Un provocador baile de sombras: formas desatadas por el sol en su cíclico camino hacia las montañas. En lo más alto, el verdadero señor de estas tierras confirma su soberanía: el Castillo del Primer Amanecer.

El pecador –sabiendo que no hay vuelta atrás– observa lo prohibido; lo que hecho por el hombre, no le pertenece. No puede apartar la mirada sacrílega. Después de todo, lo divino existe para su profanación. Se dice: el mismo lugar es un monumento para ello.

(Una de las muchas leyendas dice que el arquitecto, ambicionando construir una obra que sobrepasara las obras venideras –tanto de hombres como de dioses– fue castigado con la muerte de sus tres hijos durante la construcción. Como el granito y el mármol, los tres hacen parte de la sólida maravilla y de la tristeza del lugar).

El pecador lo sabe: una era terminará. La eternidad es una maldición que está dispuesto a sobrellevar si con ello cumple el destino propuesto. Lo demonios del pasado son demasiado grandes como para no perseguir la redención. Y aún así, el cuerpo tiembla, no por el helado paisaje, sino por el horror del recuerdo. No hay maldición más grande que la buena memoria de los hombres justos. 














Templo del Sol en Konark, India (Wikipedia)

lunes, 20 de julio de 2015

Negro hijo de puta

Cuando le dices a alguien “negro hijo de puta”, estás siendo racista.
Los últimos acontecimientos en Cartagena: a raíz de un accidente de tránsito, en los que una mujer se refiere a un taxista como “negro hijo de puta”, “negro malparido”, “negro bobo”, han despertado comentarios a favor y en contra del taxista y la conductora.

Escribo estas líneas porque veo que el enfoque de la discusión se tergiversa, se altera, confunde el lugar al que debe ir.
Hay hechos:
1)      El transporte en la ciudad es una mierda. Y los taxistas, como actores, contribuyen altamente a que así sea. Pero no son los únicos.
2)      La mayoría de la población cartagenera es afrodescendiente.
3)      La sociedad cartagenera es racista.

El insulto es una forma de comunicación, llámese un mensaje con la intención de lastimar, denigrar o afectar negativamente al receptor. Pero el lenguaje es ideológico. Los actos de comunicación (verbales, escritos, artísticos, etc.) hacen parte de un imaginario de ideas que un individuo (dentro de la sociedad) tiene sobre la realidad. Y en esa línea, el insulto, como acto comunicativo, es también ideológico.

En la sociedad convergen diferentes tipos de ideologías: hay quienes están en contra y a favor del aborto, del matrimonio tradicional o Lgtb, quienes están a favor del diálogo con las Farc o no, quienes les interesa un partido político o no. Ahí está operando la ideología. A cada rato divide o une individuos. Incluso los mata.

Ya comentaba un amigo: “¿Ella lo insulta por “taxista” o por “negro”? Las dos cosas no son lo mismo. Debió decidir que le molestaba más de él.” Comentario excepcional y al punto, porque apunta al meollo del asunto.

Ningún grupo social ha sido más discriminado en la historia que aquellos que nombrados con el lenguaje de los colonizadores europeos; se les ha etiquetados como “negros” o “indios” (nativos americanos). La colonización americana causó millones de muertos en nuestro continente, pero también la diáspora forzada de otros millones de un lado al otro del Atlántico.

Siglos de esclavitud, siglos de destrucción sistemática de los tejidos sociales, religiosos y culturales –siglos de construcción ideológica a través de la educación, de la literatura y de las ciencias occidentales– construyeron prejuicios que señalaban a indígenas y afrodescendientes como sujetos sin cultura, sin identidad, sin ciencia, sin arte, sin vida.

Todo esto ya debatido, estudiado y demostrado a través de las ciencias (sociales y naturales) –genéticamente no hay diferencia de inferioridad ni superioridad, y si se debe hablar de raza, sería más bien la raza humana– debería ser suficiente para cuestiones tan comunes (y justificadas muchas veces) como el acto de insultar.

En el insulto juegan tres actores: el insultante, el insultado y los testigos, que celebran o critican. Me temo que en esta ocasión sólo hay insultados: una vez más se demostró lo colonialistas que somos. Como cuando no dejamos entrar a alguien a una discoteca, porque tiene un color de piel oscuro, o cuando echamos a raperos de San Diego, porque “no tienen presencia”. Y todo esto muy irónicamente perfecto por estas fechas de Independencia nacional, sea lo que sea que eso signifique.



jueves, 2 de julio de 2015

El Zahir colombiano

Borges –el inagotable Borges–  escribe en 1947 un cuento titulado El Zahir. En éste explora la terrorífica inquietud sobre qué pasaría si algo –cualquier objeto– se tornara inolvidable.

En el relato se dice que el Zahir: “… en árabe, quiere decir ‘notorio’, ‘visible’; en tal sentido, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe, en tierras musulmanas, lo dice de ‘los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente’ ”. El Zahir puede ser cualquier cosa: un tigre o un ciego que fue lapidado por serlo, un astrolabio o una brújula, una veta en el mármol...

El narrador-protagonista, que al igual que en otros cuentos se llama Borges, se encuentra con un zahir representado en una moneda de poco valor. Como esta moneda va ocupando sus pensamientos, su identidad y su ser gradualmente van siendo consumidos.

La idea del zahir es terrible; no obstante, presente, vivencial. Colombia, el país al que muchas veces se acusa de falta de memoria, pareciera que no quisiera olvidar lo que es vivir con la violencia.
Masacre en Colombia (2000), por Fernando Botero


En tiempos en que se cuestiona el Proceso de Paz, cuando los ataques de parte y parte se recrudecen, cuando las vidas de combatientes, civiles, jóvenes, viejos, niños, campesinos, ciudadanos, inocentes, culpables, son consumidas, la creencia, el ambiente, es de resignación a la violencia y en la violencia.

Violencia para restaurar la confianza inversionista. Violencia para acabarla. Para un mejor país. Para negociar. Para alcanzar la paz. Violencia para frenar la violencia. Violencia por violencia. Y en esa acepción, la violencia como el zahir colombiano.

Uno que, como su propia naturaleza lo describe, consume a quien lo guarda. Se hace presencia inolvidable, no dejando camino hacia otras posibilidades, hacia otra existencia. Violencia que se alimenta de sí misma, sin aparente desfallecimiento. Que, como zahir, amenaza con ser lo único perpetuo en nuestra memoria, en nuestra sociedad.