jueves, 14 de junio de 2012

Sobre un tal Pablo

Mucho de qué hablar está dando la telenovela Escobar, el patrón del mal. Me incluyo dentro de los que hablan sobre ella. Y seré sincero y directo: no me gusta.

No me gusta, no sólo porque no vea telenovelas –desde hace rato dejaron de cumplir su función en mí: entretener–, sino porque, como su función es entretener, no puede pasar por lo que muchos pretenden que sea: un documento audiovisual histórico de la violencia colombiana.

Su creadores: Juana Uribe y Camilo Cano (la primera, hija de Maruja Pachón, secuestrada por Escobar, y sobrina del inmolado Luis Carlos Galán; el segundo, hijo de Guillermo Cano, asesinado director de El Espectador), siendo familiares de personas directamente afectadas por Pablo Escobar, no han entendido que, a pesar de su honesta intención de “mostrar lo que pasó, para nunca volver atrás”. Una telenovela obliga necesariamente a la simpatía con el protagonista, lo cual en ésta es un hecho: cualquiera de las acciones del protagonista estará ligada a ella.

Un compañero de trabajo, buena persona, excelente trabajador, con dos hijas y ganas de estudiar, me dijo hace pocos días: “Oye, Leo, pero el man no era malo. En el fondo tenía buenos sentimientos”. De buenas intenciones está hecho el camino al infierno; también de buenos sentimientos.

Guillermo Cano, Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla, verdaderos héroes de la democracia colombiana, se muestran aquí en función del delincuente-protaganista; resaltando, en la vergüenza, una falsa imagen mítica del héroe, que es interpretada erróneamente como la de un “salvador caído”. 

El formato de telenovela no se presta para contar una “verdadera historia” de Pablo Escobar. Si la intención es “mostrar lo que pasó”, se debió haber producido un documental, incluso uno dramatizado. Pero en una televisión privada, dónde el rating prima, y el espacio comercial se valoriza y se vende a buen precio, no interesa mucho que le queda al televidente, sino el margen de ganancia.

Y la ganancia está en vender al público el hecho de que no sólo se está entreteniendo con una producción técnicamente bien elaborada, costosa e “históricamente” bien tratada, sino que está observando lo que “verdaderamente pasó”. Lo cierto es que la interpretación de la novela está ligada a la experiencia de vida de sus espectadores. Pablo Escobar surgió desde abajo, como lo hace la mayoría de los colombianos, y el que se haya convertido en lo que fue nos muestra que cualquiera pudo ser Pablo. Eso es preocupante.

Pero aún es más preocupante es que por la forma en que se realiza ésta producción, aumente la afición positiva. Así de nuevo, lo ilegal, lo fuera de la ley, lo prohibido, la inconsciencia de las consecuencias y el poder obtenido gracias a ello, es mostrado, desafortunadamente, como atractivo y en un país donde el ser “vivo”, “estar en la jugada”, “aplicarla” son los valores heroicos a imitar.   

domingo, 3 de junio de 2012

2:38 A.M.

Insomnio era una palabra que no significaba nada en especial hasta hace dos semanas, pero el reloj no mentía ¿La causa? El mismo sueño una y otra vez.

Me levanto en un lugar en que nunca he estado, pero me es familiar. Tengo unos ropajes extraños, parecen antiguos, y al ponerme de pie veo el cadáver de un sujeto con armadura. No tengo miedo, es más, extrañamente me siento completo. Luego, a la velocidad de un parpadeo, me encuentro bañado en sangre, en lo que parece ser un campo de batalla: cuerpos por todas partes, sirviendo de festín a buitres y perros salvajes, alegres, despedazando cadáveres, incluso a los que todavía no aceptaban su condición. Observo la mirada de uno de ellos, intenta tocarme. En sus ojos se observa lucha, como la del fuego queriendo ser eterno en una cerilla.

Despierto, sudo, y no reconcilio el sueño. Aún así no deseo que acabe, aun así hay algo más.