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martes, 15 de septiembre de 2015

Pecados

Un provocador baile de sombras: formas desatadas por el sol en su cíclico camino hacia las montañas. En lo más alto, el verdadero señor de estas tierras confirma su soberanía: el Castillo del Primer Amanecer.

El pecador –sabiendo que no hay vuelta atrás– observa lo prohibido; lo que hecho por el hombre, no le pertenece. No puede apartar la mirada sacrílega. Después de todo, lo divino existe para su profanación. Se dice: el mismo lugar es un monumento para ello.

(Una de las muchas leyendas dice que el arquitecto, ambicionando construir una obra que sobrepasara las obras venideras –tanto de hombres como de dioses– fue castigado con la muerte de sus tres hijos durante la construcción. Como el granito y el mármol, los tres hacen parte de la sólida maravilla y de la tristeza del lugar).

El pecador lo sabe: una era terminará. La eternidad es una maldición que está dispuesto a sobrellevar si con ello cumple el destino propuesto. Lo demonios del pasado son demasiado grandes como para no perseguir la redención. Y aún así, el cuerpo tiembla, no por el helado paisaje, sino por el horror del recuerdo. No hay maldición más grande que la buena memoria de los hombres justos. 














Templo del Sol en Konark, India (Wikipedia)

martes, 20 de mayo de 2014

Partida

–Llegaste.
–Nunca me fui.
–Tardaste.
–Estuve siempre en ti. Por eso estoy.
–Abrázame.
–No.
–Sé que me amas.
–Debes dejarme. 
–¿Por qué? Tuviste un funeral de película. Todos lloraron, excepto yo, porque sabía que no te habías ido.
–No me fui para ti. No me has dejado ir. Déjame ir, por favor.
–No quiero.
–Tu temor a la soledad debe evaporarse. No tienes opción. Mi sombra te lastima. Me lastima. Nos lastima. La mera existencia basta para destruir al otro.
–¿Y si también quiero desaparecer?
–Yo no quiero desaparecer. Y tú tampoco. Pero ya no existo, y me retienes. Tú, sin embargo, sigues caminando, sobre nuevos y viejos caminos, por propia decisión. Debe ser así. Adiós. 
–¿Te veré de nuevo?

El vacío sólo es otro altar sin culto, esperando en la eternidad ser llenado.




















Camino en Pompeya, Paul Vlaar (2003)


martes, 8 de octubre de 2013

Inmortales

Y su voz pronunció palabras de un lenguaje muerto,

estremeció el espacio y el tiempo,

levantó las almas olvidadas.

Y su voz les ordenó morir.

Su voz los convirtió en inmortales.


















Estatua del templo de Lingyin

miércoles, 14 de agosto de 2013

Una buena noche

En sus infernales y amables ojos ya se reflejaba el fin. Sin embargo, el amable transeúnte simplemente le dio la moneda.

El mendigo -sonriendo- le dijo: "Muchas gracias, morirás mañana. Ten una buena noche".

El transeúnte tuvo la mejor noche de su vida, y una muerte tranquila en la mañana.


















"El Mendigo", de Ernst Rudolf.

viernes, 29 de marzo de 2013

Lo que somos

-¿Qué somos entonces? Pregunté.
-"¿Qué somos?" ¿Y no sabes a estas alturas de la vida? Sencillo:
Una sucesión de acontecimientos errados, de intentos de lucha, de fracasos consecutivos.
-Entonces estoy viviendo plenamente, contesté.
Asintió.














Imagen: El triunfo de la muerte, Pieter Brueghel el Viejo (1562).






sábado, 8 de septiembre de 2012

Con prisa

Tenía prisa, por eso no lo vio, y los dos solo se pudieron contemplar en el suelo.

-¿Por qué no te fijas por donde vas, imbécil?
- Lo siento mucho -respondió sin mucho sentimiento en sus palabras.

Se observaron, y uno de ellos dijo:
-Hay personas que si tienen cosas que hacer. Éste día no puede ser peor, ya quiero que se acabe.

El otro se levantó, le dio la mano al responsable de la otra mitad del "accidente", pero fue en vano, lo ignoró, y se puso de pie de muy mala gana.

-No eres consiente de lo que dices. Si tanto deseas que se acabe el día, éstas deseando que el tiempo avance, y con ello la degradación de todo: estas deseando la muerte.


Después de esas palabras, el deseo se hizo realidad.

Imagen: El Ángel de la Muerte, de Evelyn De Morgan (1881)

domingo, 3 de junio de 2012

2:38 A.M.

Insomnio era una palabra que no significaba nada en especial hasta hace dos semanas, pero el reloj no mentía ¿La causa? El mismo sueño una y otra vez.

Me levanto en un lugar en que nunca he estado, pero me es familiar. Tengo unos ropajes extraños, parecen antiguos, y al ponerme de pie veo el cadáver de un sujeto con armadura. No tengo miedo, es más, extrañamente me siento completo. Luego, a la velocidad de un parpadeo, me encuentro bañado en sangre, en lo que parece ser un campo de batalla: cuerpos por todas partes, sirviendo de festín a buitres y perros salvajes, alegres, despedazando cadáveres, incluso a los que todavía no aceptaban su condición. Observo la mirada de uno de ellos, intenta tocarme. En sus ojos se observa lucha, como la del fuego queriendo ser eterno en una cerilla.

Despierto, sudo, y no reconcilio el sueño. Aún así no deseo que acabe, aun así hay algo más.

martes, 22 de mayo de 2012

El Viajero

-¿Cómo se supone que logre ganar contra mi mismo?

-Yo no dije que ganarías, perderás. Porque el lado que quieres eliminar, esa parte del Yo que no te gusta, a pesar de todo, hace parte de ti. Su eliminación es tu perdida. Cambiar lo que eres, es morir, morir para ser otro, un otro que tendrá sexo con tu mujer, abrazará a tus hijos, compartirá con tus amigos y reirá de tus antiguas experiencias ¿Pagarías el precio?


El viajero estaba consternado: esa no era la respuesta que esperaba.





sábado, 3 de marzo de 2012

La Torre del Soñador

Incontables lunas habían pasado desde que un ser consciente de su mortalidad pisara la magnífica construcción.

El viejo caballero había vivido la vida de diez hombres para llegar hasta ella: enemigos derrotados, amigos perdidos y cicatrices incurables. 

La Torre del Soñador se imponía en medio del valle. Una vegetación infinita se mezclaba con columnas y muros en ruinas; sus jardines secretos, con estatuas de héroes, reyes y dioses.

Entrar fue extraordinariamente sencillo. Los Creadores le sonreían o ya no les importaba.

Construida en el tiempo en que los antiguos dioses caminaban sobre la tierra, la Torre guardaba el sagrado sepulcro. Extrañamente, el caballero se sintió más liviano, más tranquilo y supo que era aquel el lugar y el momento adecuado.

Entonces recitó las palabras finales de un viejo libro, con una extinta lengua:

-Te daré la vida que el Dios de éstas tierras te negó. Esto ya pasó, y volverá a pasar.

El Caballero cayó al piso, sin vida. El cadáver dejó de soñar, y así comenzó una gesta que acabó e inmortalizó a hombres, naciones y razas enteras.

Imagen: Un Caballero en la encrucijada, de Viktor Vasnetsov (1878).