En “El fútbol a sol y sombra”, Eduardo Galeano celebraba al gran jugador latinoamericano como un artista. Europa representaba el orden; América Latina, la imaginación. El diez era el poeta que irrumpía allí donde el libreto del sistema no alcanzaba.
Pero quizá esa lectura pueda llevarse un paso más lejos. Viendo y pensando en este mundial, tal vez el fútbol latinoamericano no solo sea más imaginativo (cosa que puede discutirse). Tal vez sea profundamente caudillista.
No porque produzca más grandes talentos que Europa, sino porque deposita en uno de ellos una responsabilidad desproporcionada. Mientras el fútbol europeo tiende a distribuir las funciones creativas entre varios jugadores, el latinoamericano, históricamente, suele organizarse alrededor de una figura excepcional. El equipo espera que alguien resuelva lo que el sistema no consigue resolver.
Europa forma ciudadanos futbolísticos, incluso máquinas (la Naranja Mecánica es un concepto que jamás nombraría un equipo latino). En cambio, América Latina sigue formando próceres.
Las mayores leyendas del continente ilustran ese fenómeno. Pelé fue el rey de un Brasil cuya identidad ofensiva parecía brotar de él, o por lo menos era su máximo rostro. Diego Maradona llevó esa lógica a su máxima expresión: el Mundial de 1986 permanece en la memoria como la epopeya de un hombre que arrastró a una selección entera. Décadas después, incluso una selección mucho más organizada encontró en Lionel Messi el centro gravitacional de todo su juego y de toda su narrativa.
No es casualidad que el número diez sea casi una institución cultural en Sudamérica. Es el futbolista caudillo.
En cambio, las grandes selecciones europeas suelen aspirar a otra cosa. Alemania, Francia o España pueden tener figuras extraordinarias, pero el objetivo es que el sistema sobreviva incluso cuando esas figuras desaparecen. La creatividad está repartida. El lateral inicia el ataque, el central rompe líneas, el mediocentro organiza, el delantero presiona. La responsabilidad se distribuye. Es un fútbol donde las instituciones pesan más que los héroes, pienso en Van Gaal, y su odio profundo por el individualismo en sus esquemas, por ejemplo.
El Mundial de 2026 ha ofrecido más de una imagen sugerente de esa diferencia, podría nombrar la actuación de Messi, pero ofreceré otra diferente.
Paraguay eliminó a Alemania en los dieciseisavos de final tras resistir durante ciento veinte minutos y vencer por penaltis. Alemania, en su sistema, monopolizó la posesión y completó un número abrumador de pases, pero Paraguay aceptó deliberadamente un papel subordinado: defender, esperar y aprovechar una oportunidad. Su victoria no nació del control del partido sino de la convicción de que bastaba una acción decisiva para alterar el desenlace (¿la aparición de un caudillo?).
Días después, frente a Francia, volvió a repetirse el libreto. Francia dominó casi todo el encuentro, mientras Paraguay resistía con una línea baja, reduciendo el juego a una sucesión de duelos individuales y episodios aislados. Solo una jugada desequilibrante de Désiré Doué y el penal convertido por Kylian Mbappé rompieron el empate. Incluso el seleccionador paraguayo sostuvo que Francia no había encontrado respuestas futbolísticas y que la diferencia llegó gracias a una acción individual.
No deja de ser paradójico, que el equipo más institucional terminó dependiendo, por un instante, del gesto de un individuo extraordinario. Pero justamente ahí aparece la diferencia. En Francia, Mbappé resolvió un problema del sistema. En buena parte de América Latina, el sistema pareciera que existe para que aparezca el héroe, y lastimosamente para Paraguay no apareció contra Francia.
No por nada, el director técnico de Paraguay, Gustavo Alfaro, comentaba contra Alemania que “Todavía tenemos que bailar la música que nos ponen”, o sea, la inferioridad de técnica y de recursos convertida en épica o su posibilidad: esto es lo que hay, y con esto se juega.
Una expresión graciosa pero diciente que se encontraba en las redes, era que Francia jugaba un partido de (copa) Libertadores, el torneo de clubes de fútbol más importante de Suramérica. Precisamente por el carácter del juego paraguayo, que es bastante común en el torneo. Muy diferente a la “limpieza” del fútbol de Europa.
Tal vez por eso Galeano veía en la gambeta un acto de libertad. Sin embargo, esa libertad también puede interpretarse como una necesidad histórica. Cuando las instituciones son más débiles, cuando la formación es más desigual, los recursos más escasos, y la historia parece hundir a los pueblos, el talento individual pasa a ser más que un lujo estético y se convierte en una forma de organización, o mejor, una forma de sobrepasar la organización del otro.
Una lectura ideológica del asunto permitiría ver allí un potencial desperdiciado para la imaginación política de la clase trabajadora. Buena parte del intelectualismo ha tendido a subestimar el fútbol como gusto popular, como si se tratara apenas de evasión, espectáculo o mercancía. Pero en esa cosmovisión futbolística hay algo más complejo: el jugador que logra profesionalizarse experimenta una transformación material casi inimaginable. El barrio, la precariedad y la escasez no desaparecen como origen, pero quedan narrativamente convertidos en prueba de carácter. El futbolista exitoso parece encarnar, mejor que nadie, la vieja promesa individualista: la idea de que alguien puede hacerse a sí mismo, escapar de sus condiciones iniciales y triunfar por talento, disciplina y voluntad. Por eso el fútbol resulta ideológicamente incómodo: nace de una sensibilidad popular, pero muchas veces termina alimentando una épica cercana al relato meritocrático de la derecha.
Tal vez por eso sea inevitable el fenómeno de la utilización de las selección nacional con la política, y la simpatía de los jugadores más exitosos con políticos de discursos nacionalistas. Así como también, quizá el caudillismo político latinoamericano del siglo XXI ya no vista uniforme militar, sino uno de fútbol -a menos que sea caricatura-. Y tal vez, por esas mismas fuerzas, la camiseta sea expresión de un nacionalismo degenerado como pasa en Colombia.
Mientras, Brasil convoca a un Neymar lesionado, Colombia a dos “10” (James y Quintero), y una Argentina comandada por un Messi casi en retiro. El fútbol latinoamericano conserva una vieja confianza en el hombre providencial. Como tantas veces ha ocurrido en su historia política, espera que una figura excepcional —el artista o el caudillo— haga posible aquello que las instituciones, que el sistema, todavía no consiguen hacer por sí mismas.
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