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jueves, 9 de julio de 2026

El fútbol caudillista


En “El fútbol a sol y sombra”, Eduardo Galeano celebraba al gran jugador latinoamericano como un artista. Europa representaba el orden; América Latina, la imaginación. El diez era el poeta que irrumpía allí donde el libreto del sistema no alcanzaba.

Pero quizá esa lectura pueda llevarse un paso más lejos. Viendo y pensando en este mundial, tal vez el fútbol latinoamericano no solo sea más imaginativo (cosa que puede discutirse). Tal vez sea profundamente caudillista.

No porque produzca más grandes talentos que Europa, sino porque deposita en uno de ellos una responsabilidad desproporcionada. Mientras el fútbol europeo tiende a distribuir las funciones creativas entre varios jugadores, el latinoamericano, históricamente, suele organizarse alrededor de una figura excepcional. El equipo espera que alguien resuelva lo que el sistema no consigue resolver.

Europa forma ciudadanos futbolísticos, incluso máquinas (la Naranja Mecánica es un concepto que jamás nombraría un equipo latino). En cambio, América Latina sigue formando próceres.

Las mayores leyendas del continente ilustran ese fenómeno. Pelé fue el rey de un Brasil cuya identidad ofensiva parecía brotar de él, o por lo menos era su máximo rostro. Diego Maradona llevó esa lógica a su máxima expresión: el Mundial de 1986 permanece en la memoria como la epopeya de un hombre que arrastró a una selección entera. Décadas después, incluso una selección mucho más organizada encontró en Lionel Messi el centro gravitacional de todo su juego y de toda su narrativa.

No es casualidad que el número diez sea casi una institución cultural en Sudamérica. Es el futbolista caudillo.

En cambio, las grandes selecciones europeas suelen aspirar a otra cosa. Alemania, Francia o España pueden tener figuras extraordinarias, pero el objetivo es que el sistema sobreviva incluso cuando esas figuras desaparecen. La creatividad está repartida. El lateral inicia el ataque, el central rompe líneas, el mediocentro organiza, el delantero presiona. La responsabilidad se distribuye. Es un fútbol donde las instituciones pesan más que los héroes, pienso en Van Gaal, y su odio profundo por el individualismo en sus esquemas, por ejemplo. 

El Mundial de 2026 ha ofrecido más de una imagen sugerente de esa diferencia, podría nombrar la actuación de Messi, pero ofreceré otra diferente. 

Paraguay eliminó a Alemania en los dieciseisavos de final tras resistir durante ciento veinte minutos y vencer por penaltis. Alemania, en su sistema, monopolizó la posesión y completó un número abrumador de pases, pero Paraguay aceptó deliberadamente un papel subordinado: defender, esperar y aprovechar una oportunidad. Su victoria no nació del control del partido sino de la convicción de que bastaba una acción decisiva para alterar el desenlace (¿la aparición de un caudillo?).

Días después, frente a Francia, volvió a repetirse el libreto. Francia dominó casi todo el encuentro, mientras Paraguay resistía con una línea baja, reduciendo el juego a una sucesión de duelos individuales y episodios aislados. Solo una jugada desequilibrante de Désiré Doué y el penal convertido por Kylian Mbappé rompieron el empate. Incluso el seleccionador paraguayo sostuvo que Francia no había encontrado respuestas futbolísticas y que la diferencia llegó gracias a una acción individual.

No deja de ser paradójico, que el equipo más institucional terminó dependiendo, por un instante, del gesto de un individuo extraordinario. Pero justamente ahí aparece la diferencia. En Francia, Mbappé resolvió un problema del sistema. En buena parte de América Latina, el sistema pareciera que existe para que aparezca el héroe, y lastimosamente para Paraguay no apareció contra Francia. 

No por nada, el director técnico de Paraguay, Gustavo Alfaro, comentaba contra Alemania que “Todavía tenemos que bailar la música que nos ponen”, o sea, la inferioridad de técnica y de recursos convertida en épica o su posibilidad: esto es lo que hay, y con esto se juega. 

Una expresión graciosa pero diciente que se encontraba en las redes, era que Francia jugaba un partido de (copa) Libertadores, el torneo de clubes de fútbol más importante de Suramérica. Precisamente por el carácter del juego paraguayo, que es bastante común en el torneo. Muy diferente a la “limpieza” del fútbol de Europa. 

Tal vez por eso Galeano veía en la gambeta un acto de libertad. Sin embargo, esa libertad también puede interpretarse como una necesidad histórica. Cuando las instituciones son más débiles, cuando la formación es más desigual, los recursos más escasos, y la historia parece hundir a los pueblos, el talento individual pasa a ser más que un lujo estético y se convierte en una forma de organización, o mejor, una forma de sobrepasar la organización del otro. 

Una lectura ideológica del asunto permitiría ver allí un potencial desperdiciado para la imaginación política de la clase trabajadora. Buena parte del intelectualismo ha tendido a subestimar el fútbol como gusto popular, como si se tratara apenas de evasión, espectáculo o mercancía. Pero en esa cosmovisión futbolística hay algo más complejo: el jugador que logra profesionalizarse experimenta una transformación material casi inimaginable. El barrio, la precariedad y la escasez no desaparecen como origen, pero quedan narrativamente convertidos en prueba de carácter. El futbolista exitoso parece encarnar, mejor que nadie, la vieja promesa individualista: la idea de que alguien puede hacerse a sí mismo, escapar de sus condiciones iniciales y triunfar por talento, disciplina y voluntad. Por eso el fútbol resulta ideológicamente incómodo: nace de una sensibilidad popular, pero muchas veces termina alimentando una épica cercana al relato meritocrático de la derecha.

Tal vez por eso sea inevitable el fenómeno de la utilización de las selección nacional con la política, y la simpatía de los jugadores más exitosos con políticos de discursos nacionalistas. Así como también, quizá el caudillismo político latinoamericano del siglo XXI ya no vista uniforme militar, sino uno de fútbol -a menos que sea caricatura-. Y tal vez, por esas mismas fuerzas, la camiseta sea expresión de un nacionalismo degenerado como pasa en Colombia. 

Mientras, Brasil convoca a un Neymar lesionado, Colombia a dos “10” (James y Quintero), y una Argentina comandada por un Messi casi en retiro. El fútbol latinoamericano conserva una vieja confianza en el hombre providencial. Como tantas veces ha ocurrido en su historia política, espera que una figura excepcional —el artista o el caudillo— haga posible aquello que las instituciones, que el sistema, todavía no consiguen hacer por sí mismas.



martes, 15 de septiembre de 2015

Pecados

Un provocador baile de sombras: formas desatadas por el sol en su cíclico camino hacia las montañas. En lo más alto, el verdadero señor de estas tierras confirma su soberanía: el Castillo del Primer Amanecer.

El pecador –sabiendo que no hay vuelta atrás– observa lo prohibido; lo que hecho por el hombre, no le pertenece. No puede apartar la mirada sacrílega. Después de todo, lo divino existe para su profanación. Se dice: el mismo lugar es un monumento para ello.

(Una de las muchas leyendas dice que el arquitecto, ambicionando construir una obra que sobrepasara las obras venideras –tanto de hombres como de dioses– fue castigado con la muerte de sus tres hijos durante la construcción. Como el granito y el mármol, los tres hacen parte de la sólida maravilla y de la tristeza del lugar).

El pecador lo sabe: una era terminará. La eternidad es una maldición que está dispuesto a sobrellevar si con ello cumple el destino propuesto. Lo demonios del pasado son demasiado grandes como para no perseguir la redención. Y aún así, el cuerpo tiembla, no por el helado paisaje, sino por el horror del recuerdo. No hay maldición más grande que la buena memoria de los hombres justos. 














Templo del Sol en Konark, India (Wikipedia)

miércoles, 30 de abril de 2014

El soldado en la patria desconocida

Captain America: The Winter Soldier (2014), de los hermanos Russo, es un filme de superhéroe que, en su dimensión política, refleja los miedos de una sociedad que teme la perdida de las libertades individuales –si es que alguna vez las tuvo–, pregonadas como el valor máximo de la nación estadounidense.

La patria desconocida

El primer filme, Captain America: The first Avenger (2011) se desarrollaba durante la Segunda Guerra Mundial, en un mundo donde los buenos y los malos parecían bien definidos. El Mal era claramente encarnado por la Alemania Nazi y el Bien bajo el liderazgo estadounidense. En ese sentido, el “Capi” se mostraba como un soldado fiel a los valores supremos “americanos”: la libertad, la justicia, la compasión, el valor, el honor. Banderas del héroe que lo llevan a derrotar el mal, a costa de su propia vida.

En el segundo filme vemos a un soldado que no acepta la ideología del tiempo presente. Después de haber sido descongelado, el Capi se ha perdido todos los acontecimientos que han dado un giro al orden geopolítico desde la Segunda Guerra Mundial: la Guerra Fría, la expansión y caída del comunismo, las independencias y guerras civiles en África, la guerra de guerrillas en América Latina, el thatcherismo, la hegemonía del capitalismo, el “terrorismo” internacional, el 11-S, la “guerra preventiva”.

Bajo este panorama, S.H.I.E.L.D., la agencia de inteligencia y anti-terrorismo estadounidense, se ha desarrollado, y ahora planea su mayor fase: acabar con el enemigo, incluso antes de que lo sea. La conversación entre su director, Nick Fury, y el Capitán, es muy diciente: 

Fury: Vamos a neutralizar muchas amenazas antes de que sucedan.
Capi: Creí que el castigo venía después del delito.
Fury: S.H.I.E.L.D. acepta el mundo como es, no como nos gustaría que fuera.
Capi: Esto no es libertad. Esto es miedo.

Paradoja terrible. Steven Roger, el supersoldado que condujo a la victoria a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial y permitió el desarrollo del siglo XX, ve tergiversarse su legado. Y sin embargo, su retorno como héroe, corresponde a la necesidad de encarrilarlo. 



La sociedad del miedo

El nuevo mundo donde se encuentra el Capitán está dominado por el miedo. Ya no es posible identificar a un enemigo en concreto. Los constantes conflictos mundiales han propiciado que S.H.I.E.L.D./Hydra desarrolle una tecnología de vigilancia y asesinato que garantizará un orden: un "nuevo mundo". Cada ser humano tendrá colgando sobre su cabeza una espada de Damocles.  

El presidente Obama toma un día a la semana para revisar una lista entregada por la inteligencia del gobierno y decide quién debe morir. La denominada Kill List es ejecutada, entre varias estrategias, por los denominados drones (vehículos aéreos no tripulados). Con un funcionamiento a control remoto, su alcance y su capacidad destructiva, son enviados, por ejemplo, a las montañas de Pakistán a asesinar  a alguien que perjudique los intereses de la nación. La polémica, no obstante, está servida: incontables han sido las víctimas civiles de tales "eficaces medios".

Los helitransportes –el arma de S.H.I.E.L.D./ Hydra– constituyen lo último en tecnología contra el terrorismo. Inmensas fortalezas flotantes, con un mínimo de personal, pueden eliminar a cualquiera en cualquier parte del planeta. Drones que no sólo apuntan al “enemigo” externo, sino al interno.

...la verdad os hará libre” (Juan, 8, v.32)

El Capitán América se ve enfrentado contra el S.H.I.E.L.D., contra el mismo gobierno que había jurado proteger. Tras su victoria, una de sus decisiones es el desmantelamiento de la agencia y la exposición al público de todas sus acciones: la verdad servida al público. 

Esta acción recuerda la filtración de información a WikiLeaks, realizada por el entonces soldado Bradley Manning, sobre los crímenes de guerra cometidos por el ejército estadounidense en Afganistán e Irak. Resulta también parecida a las acciones del analista para la CIA, Edward Snowden, con las cuales se comprobaba el espionaje a nivel  global, político, industrial, que demostraba el estado de vigilancia permanente en que se encuentra Estados Unidos de América.  

Una lectura del gesto del Capi se presenta como un apoyo implícito de lo que debe ser considerado justo. Y el primer paso es la verdad: conocer lo que se ha hecho, lo que se está haciendo, lo que se quiere hacer. El miedo en la cultura popular norteamericana parece reflejarse en la sospecha de lo que hace el gobierno. Y los gobiernos se perciben como poco sinceros. 

El héroe Steven Roger aparece como el portador de la verdad incómoda y necesaria. Sólo un héroe reconocido como tal tiene la capacidad de revelar la razón del miedo y confrontarla. Su consagración es un connotado apoyo a aquellos sujetos que han intentado desenmascarar el poder y su corrupción. Personajes que han sabido leer que sólo a través de la verdad se puede llegar a un verdadero principio de libertad.



martes, 8 de octubre de 2013

Inmortales

Y su voz pronunció palabras de un lenguaje muerto,

estremeció el espacio y el tiempo,

levantó las almas olvidadas.

Y su voz les ordenó morir.

Su voz los convirtió en inmortales.


















Estatua del templo de Lingyin

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los poemas que salvaron el mundo

Fueron once años detenidos en Guantánamo, once años en los cuales, la nación abanderada como “el país de la democracia” “de las libertades” y de las “oportunidades”, le negó el derecho democrático, las libertades y oportunidades a Adnan Farhan Abdul Latif.

Latif era uno de los 168 detenidos en Guantánamo sin que su situación esté ligada a las normas internacionales de derechos humanos.

Éste ciudadano yemení fue detenido en la frontera entre Pakistán y Afganistán en 2001, luego en 2002 fue enviado a Guantánamo, su prisión, su pesadilla y su fin. Durante el tiempo que estuvo prisionero, Latif fue torturado de incontables formas, todas ya conocidas.



Pero a pesar de ello, Latif y algunos prisioneros pudieron escribir y sacar a la luz pública una serie de poemas, publicados como Poems From Guantanamo (2007). Un fragmento de “Hunger Strike Poem” de Latif dice:

They are artists of torture,                                                                                              
They are artists of pain and fatigue,
They are artists of insults,
and humiliations.
Where is the world to save us
from torture?
Where is the world to save us
from the fire and the darkness?
Where is the world to save
the hunger strikers?

Traducción:
Ellos son artistas de la tortura,
Ellos son artistas del dolor y la fatiga,
Ellos son artistas de la ofensa,
Y la humillación.
¿Dónde está el mundo para salvarnos de la tortura?
¿Dónde está el mundo para salvarnos del fuego y la oscuridad?
¿Dónde está el mundo para salvar a los huelguistas del hambre?

Estas líneas llenas de dolor tienen el tono de una oración suplicante, un reclamo que no tuvo respuesta. El mundo no llegó a salvar a Latif, murió el 8 de septiembre, a las puertas de unaposible liberación. Él  presentía que no viviría: “he perdido la esperanza de ser liberado”, le comentaba a su abogado, el cual, el único logro ha sido revelar sus poemas al mundo.

El nadie te pudo salvar, Latif, pero con tus acciones salvaste la humanidad de la humanidad, y junto a escritos como el Diario de la niña Ana Frank, se convierten en un testimonio que demuestra que aún en el fin se puede ser humano –y debe ser así –, en un mundo demasiado real para aceptarse.

Death Poem (o Poema de la Muerte) de Jumah al Dossari

Take my blood.
Take my death shroud and
The remnants of my body.
Take photographs of my corpse at the grave, lonely.

Send them to the world,
To the judges and
To the people of conscience,
Send them to the principled men and fair-minded.

And let them bear the guilty burden before the world,
Of this innocent soul.
Let them bear the burden before their children and before history,
Of this soul which has suffered at the hands of the "protector of peace".


Toma mi sangre.
Toma mi sudario de muerto y los restos de mi cuerpo
Toma fotografías de mi cadáver en la tumba, solitariamente.

Envíalas al mundo,
a los jueces,
a las personas de consciencia,
Envíalas a los principios morales del hombre y a la imparcialidad.

Y déjenlos llevar la carga de la culpa ante el mundo,
de ésta alma inocente.
Déjenlos llevar la carga de la culpa ante sus niños y ante la historia,
de ésta alma que ha sufrido en las manos de los "protectores de la paz"

Jumah al Dossari está en confinamiento solitario desde el 2003, ha intentado matarse más de veinte veces.

Imagen: fotografía de prisioneros en Guantánamo privados de sus sentidos: no pueden ver, no pueden escuchar, no pueden tocar con sus manos y no pueden respirar adecuadamente.

domingo, 29 de julio de 2012

"The Dark Knight Rise": el legado del héroe


Hablar sobre The Dark Knight Rises (2012) de Christopher Nolan es referirse a uno de los filmes de superhéroes más complejos y mejor elaborados de la historia del cine. Dirección y producción –que supera la nada despreciable suma de 200 millones de dólares–, marketing, e incluso los desafortunados eventos ocurridos en el estreno de Colorado, se constituyen en elementos de su configuración particular. Pero me gustaría señalar, en este caso, algunos puntos de la trama que me son de especial atención: en su conjunto forman un laberinto de situaciones y contextos nada sencillos que el Caballero Oscuro deberá enfrentar para superar su senda heroica.   


Lucha de Clases

Desde que Marx y Engels expusieran la noción “lucha de clases” en su Materialismo histórico (1859), ésta ha sido uno de los ejes centrales más debatidos desde diversos sistemas políticos, filosóficos, económicos y sociales. Pone de manifiesto la existencia de un conflicto, de una tensión entre diferentes facciones de una sociedad. En The Dark Knight Rise, este conflicto se manifiesta entre las clases dirigentes y opulentas de Ciudad Gótica y las clases menos favorecidas.

Años de lucha contra el crimen organizado han hecho de Gótica una ciudad más segura, pero ello no se ha traducido en una prosperidad para la mayoría de los ciudadanos, pobres y desprotegidos. Bane (interpretado por Tom Hardy) lo sabe, y forma el grueso de su ejército con ellos. No es para nada gratuito que haya puesto en jaque a la ciudad él solo. En realidad, Ciudad Gótica contaba con todas las condiciones ideales para que alguien como él lo hiciera.

Instituciones Fallidas

“Hay una tormenta acercándose. Más vale que usted y sus amigos se preparen, porque cuando llegue no van a entender cómo pensaron que podían vivir así y dejar tan poco para el resto de nosotros”. Palabras de Selina Kyle (Catwomen) a Bruce Wayne (Batman), durante una lujosa fiesta. Las instituciones, ciertamente, han fallado; la confianza de los ciudadanos no se encuentra representada en el Gobierno; la fuerza pública está infiltrada, y después de la “toma” de Bane, el Estado abandona la ciudad a su suerte. De hecho, el íntegro detective John Blake renuncia a la policía, ante el sacrificio de Batman, tan distinto a las acciones de la fuerza pública, que prohíbe el escape de un grupo de niños fuera de la ciudad amenazada.

El Enemigo como Maestro



Al igual que Ra´s al Ghul, en Batman Begins (2005), y en cierta medida el Guasón, en The Dark Knight (2008), Bane justifica sus acciones como una forma aleccionadora sobre el mundo. Bane no se ve a sí mismo como un criminal: el dinero, las joyas y el tráfico ilegal no son su principal interés; son un medio. Desea que su legado, sus enseñanzas, sean mostradas al mundo. En este caso, el fin de una Ciudad Gótica corrupta, decadente e injusta, que debe expiar sus “pecados”.

El legado del Héroe

Ocho años han transcurrido desde que Batman fuera visto por última vez. Encubierta la verdadera causa de la muerte de Harvey Dent, se aplican leyes más estrictas y eficaces en la lucha contra el crimen organizado, pero con ello se sacrifica el precio de ciertas libertades. No hay grandes criminales, pero tampoco una verdadera justicia. En estas circunstancias, bastante favorables para la destrucción de Ciudad Gótica, Batman se hace a un lado.

Pero con la aparición del terrible Bane, Bruce Wayne (y Batman) es forzado a salir. Más viejo, en mal estado físico y mental, no tiene la misma convicción de la victoria que antes: es derrotado en un primer enfrentamiento debajo de la urbe, en el sistema de alcantarillado. Y sólo cuando se dé cuenta de que su legado, la ciudad por la que sus padres y seres queridos sacrificaron todo, podrá volver con mayor voluntad. Porque, en palabras de Ra´s al Ghul, “la voluntad lo es todo”.



Un héroe como Batman, mitad play boy, mitad vigilante nocturno, no puede sobrevivir durante mucho tiempo. Cuando se es Batman, tarde o temprano se pagarán las consecuencias en todas las formas: físicas (cicatrices, lesiones, huesos rotos), mentales (agotamiento, traumas,) y emocionales (culpa, aislamiento, baja autoestima). El precio es muy alto; se le exige el sacrifico total: salud, fortuna, familiares (incluso el incondicional Alfred lo abandona),  identidad – ¿o verdadera máscara? – y su vida. Más tarde vendrá el reconocimiento, la apoteosis: su legado es su obra.

Y aunque su estatua en la Oficina central del Departamento de Policía intente convertirlo en símbolo Institucional, lo cierto es que Batman siempre actuó por fuera de la “Ley”. La aparición final de John Blake como Robin nos sitúa ante la necesidad de un ser que esté más allá de la instituciones, un incorruptible vigilante, que, arropado en la oscuridad, vele por un futuro amanecer. Así el legado de Batman continuará: la imagen de modelo a seguir que esté más allá de los juicios del día, que tenga la convicción de hacer lo necesario cuando se requiera y que esté dispuesto a pagar el precio que ello implica. Uno que, dentro de sus limitaciones, demuestre que podemos convertirnos en mejores seres humanos.