lunes, 20 de julio de 2015

Negro hijo de puta

Cuando le dices a alguien “negro hijo de puta”, estás siendo racista.
Los últimos acontecimientos en Cartagena: a raíz de un accidente de tránsito, en los que una mujer se refiere a un taxista como “negro hijo de puta”, “negro malparido”, “negro bobo”, han despertado comentarios a favor y en contra del taxista y la conductora.

Escribo estas líneas porque veo que el enfoque de la discusión se tergiversa, se altera, confunde el lugar al que debe ir.
Hay hechos:
1)      El transporte en la ciudad es una mierda. Y los taxistas, como actores, contribuyen altamente a que así sea. Pero no son los únicos.
2)      La mayoría de la población cartagenera es afrodescendiente.
3)      La sociedad cartagenera es racista.

El insulto es una forma de comunicación, llámese un mensaje con la intención de lastimar, denigrar o afectar negativamente al receptor. Pero el lenguaje es ideológico. Los actos de comunicación (verbales, escritos, artísticos, etc.) hacen parte de un imaginario de ideas que un individuo (dentro de la sociedad) tiene sobre la realidad. Y en esa línea, el insulto, como acto comunicativo, es también ideológico.

En la sociedad convergen diferentes tipos de ideologías: hay quienes están en contra y a favor del aborto, del matrimonio tradicional o Lgtb, quienes están a favor del diálogo con las Farc o no, quienes les interesa un partido político o no. Ahí está operando la ideología. A cada rato divide o une individuos. Incluso los mata.

Ya comentaba un amigo: “¿Ella lo insulta por “taxista” o por “negro”? Las dos cosas no son lo mismo. Debió decidir que le molestaba más de él.” Comentario excepcional y al punto, porque apunta al meollo del asunto.

Ningún grupo social ha sido más discriminado en la historia que aquellos que nombrados con el lenguaje de los colonizadores europeos; se les ha etiquetados como “negros” o “indios” (nativos americanos). La colonización americana causó millones de muertos en nuestro continente, pero también la diáspora forzada de otros millones de un lado al otro del Atlántico.

Siglos de esclavitud, siglos de destrucción sistemática de los tejidos sociales, religiosos y culturales –siglos de construcción ideológica a través de la educación, de la literatura y de las ciencias occidentales– construyeron prejuicios que señalaban a indígenas y afrodescendientes como sujetos sin cultura, sin identidad, sin ciencia, sin arte, sin vida.

Todo esto ya debatido, estudiado y demostrado a través de las ciencias (sociales y naturales) –genéticamente no hay diferencia de inferioridad ni superioridad, y si se debe hablar de raza, sería más bien la raza humana– debería ser suficiente para cuestiones tan comunes (y justificadas muchas veces) como el acto de insultar.

En el insulto juegan tres actores: el insultante, el insultado y los testigos, que celebran o critican. Me temo que en esta ocasión sólo hay insultados: una vez más se demostró lo colonialistas que somos. Como cuando no dejamos entrar a alguien a una discoteca, porque tiene un color de piel oscuro, o cuando echamos a raperos de San Diego, porque “no tienen presencia”. Y todo esto muy irónicamente perfecto por estas fechas de Independencia nacional, sea lo que sea que eso signifique.



jueves, 2 de julio de 2015

El Zahir colombiano

Borges –el inagotable Borges–  escribe en 1947 un cuento titulado El Zahir. En éste explora la terrorífica inquietud sobre qué pasaría si algo –cualquier objeto– se tornara inolvidable.

En el relato se dice que el Zahir: “… en árabe, quiere decir ‘notorio’, ‘visible’; en tal sentido, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe, en tierras musulmanas, lo dice de ‘los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente’ ”. El Zahir puede ser cualquier cosa: un tigre o un ciego que fue lapidado por serlo, un astrolabio o una brújula, una veta en el mármol...

El narrador-protagonista, que al igual que en otros cuentos se llama Borges, se encuentra con un zahir representado en una moneda de poco valor. Como esta moneda va ocupando sus pensamientos, su identidad y su ser gradualmente van siendo consumidos.

La idea del zahir es terrible; no obstante, presente, vivencial. Colombia, el país al que muchas veces se acusa de falta de memoria, pareciera que no quisiera olvidar lo que es vivir con la violencia.
Masacre en Colombia (2000), por Fernando Botero


En tiempos en que se cuestiona el Proceso de Paz, cuando los ataques de parte y parte se recrudecen, cuando las vidas de combatientes, civiles, jóvenes, viejos, niños, campesinos, ciudadanos, inocentes, culpables, son consumidas, la creencia, el ambiente, es de resignación a la violencia y en la violencia.

Violencia para restaurar la confianza inversionista. Violencia para acabarla. Para un mejor país. Para negociar. Para alcanzar la paz. Violencia para frenar la violencia. Violencia por violencia. Y en esa acepción, la violencia como el zahir colombiano.

Uno que, como su propia naturaleza lo describe, consume a quien lo guarda. Se hace presencia inolvidable, no dejando camino hacia otras posibilidades, hacia otra existencia. Violencia que se alimenta de sí misma, sin aparente desfallecimiento. Que, como zahir, amenaza con ser lo único perpetuo en nuestra memoria, en nuestra sociedad.