lunes, 24 de agosto de 2020

El Fútbol ha muerto (otra vez)

El fútbol ha muerto. Otra vez. O lo que equivale a decir: “El fútbol, como lo conocemos, ha cambiado”. Pero lo cierto es que el fútbol que solíamos consumir siempre había estado muerto. 

No me refiero a las reglas, a los cambios, a las tarjetas, a los comportamientos que son susceptibles o no de ser interpretados como faltas. Hablo del fútbol profesional y de su relación con las personas. Hablo de la mirada.

 

El fútbol, por lo menos, ha muerto en tres ocasiones. La primera ocurrió durante sus inicios. Tomó pocos años que los primeros equipos, muchos de los que hoy cuentan con más de cien años, murieran de forma prematura. Todas las historias –casi todas– de los equipos de la “Edad Ideal” nacieron de la pura fascinación que causa jugar con la pelota. Y de esa fascinación, vino la organización.

 

Durante esta parte de la historia, organizaciones barriales y comunales, obreras y estudiantiles, crearon equipos para enfrentarse entre sí. El legado resultó tan poderoso, tan íntimo, que creó amores y afectos transmitidos por generaciones.

 

Veríamos pronto su primera muerte con la profesionalización. Mucho de la historia del siglo XX raya no solo con la producción industrial y de conocimiento, sino con su especialización.

 

Asociado a la historia moderna del ocio, todo lo que entretuviera a las masas se convirtió en objetivo de profesionalización, de especialización. En organización bajo lógicas capitalistas.

 

En esta primera parte, los equipos de fútbol, en diferentes grados y momentos, devinieron como empresas. Las ligas barriales se trocaron en ligas nacionales y en internacionales. Con la lógica administrativa, la regulación, los horarios, los planes, el crecimiento, la complejización organizacional.

 

Una transformación que la arquitectura habría de reflejar. De la cancha detrás de la fábrica, del terreno baldío y de la visión horizontal, al estadio con filas y puestos numerados. Esto es equiparable al cambio de la adoración de las primeras deidades del bosque y la montaña a las de templo. La domesticación de Dios.

 

La segunda muerte del fútbol ocurrió con la publicidad. Cuando en 1973 Eintracht Braunschweig, de la liga alemana, permitió que del licor “Jägermeister” entrara bajo la forma de publicidad al fútbol profesional, no aumentaron solo las entradas de dinero en los clubes, sino que aconteció un cambio de la imagen del mismo fútbol.

 

Varias décadas antes de asociarse con la imagen del fútbol, la publicidad encontró un terreno fértil para su desarrollo de técnicas en las llamativas camisetas de los equipos, en los grandes y atractivos estadios, en un público multigeneracional. Y con las transmisiones de radio y de televisión encontraría el ecosistema perfecto para su explosión.

 

El fútbol-publicidad se convertiría así en una relación tan estrecha y orgánica que parece dada. Mientras que la televisión y la radio, incluso el consumo digital, interrumpen el entretenimiento con el comercial, la vestimenta del jugador, la valla del estadio y el anuncio convierten al fútbol en lo que puede ser un comercial de noventa minutos.

 

Bayern de Múnich celebra ser campeones de la Champions League 2019-2020 en el estadio Da Luz sin público


La tercera muerte del fútbol ha sido la más extraña. Con la pandemia del Covid-19, que ha ocupado casi todo el 2020, se ha acelerado la experiencia digital. Antes de ello, el video-arbitraje (VAR) fue el aviso más cercano. Lo que comenzó con la transmisión de fútbol por la televisión (y con la repetición de la jugada y el resumen); luego por cable (el análisis especializado); e Internet (la producción de contenido fan y de comunidad), se transforma ahora en “verdad”.

 

Aplaudimos la intervención de la imagen transmitida y grabada para “corregir” o “confirmar”. El fútbol es “más justo”, nos dijimos, “porque la imagen grabada es la verdad".

 

El fútbol ha encontrado así su hábitat en el cable, en canales especializados y en Internet. Nuestros “smartphones” nos entregan la información en tiempo real y los jugadores son desmenuzados en porcentajes de posesión, de influencia, efectividad, tiros, número de llegadas, de toques y cambios, en valor en el mercado. Una suerte de cromo con información multiplicada y actualizada permanentemente.

 

Y como último secuestro, la omisión del espectador presencial: el vuelco total hacia la pantalla. Uno que, si bien corresponde a las medidas de bioseguridad, no deja de leerse como continuación de una transformación de la mirada. Una donde extraña y coherentemente el fútbol deviene en simulacro.

 

“No hay nada menos vacío que un estadio vacío”, ha dicho Eduardo Galeano. “No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”. Un vacío espacio para imágenes impresas de espectadores. Para publicidad y gritos pregrabados. Para celebraciones de campeonatos ganados sin público testigo.

 

Todo esto tal vez sea un vistazo al futuro, si no lo es ya. Y con ello otra mirada, otra forma de organizar nuestras lógicas con el fútbol. Y, por supuesto, otros valores de lo narrable e imitable. De lo divino y la verdad. El fútbol ha muerto. Pero tiene “likes”. 

 




Gracias a mi amigo Emiro Santos por su lectura y comentarios. 

 

domingo, 28 de julio de 2019

No sólo lágrimas en la lluvia


La muerte no tiene significado. La furiosa búsqueda de sentido de un amigo, de la familia, de un verdugo, de la sociedad o la nuestra, ante un acontecimiento como la muerte otorga  un sentido provisional. Esta acaso sea la razón por la que el monologo final de Roy Batty, en la película de ciencia ficción Blade Runner (1982), de Ridley Scott, sea tan poderoso.

La muerte Rutger Oelsen Hauer –ocurrida el viernes 19 de julio de 2019, pero hecha pública el 24 de julio– me llevó, como a otros muchos millones de personas, a rememorar su extraordinario trabajo, en especial su última y memorable escena en la película de Scott.

La película narra la historia de un antiguo blade runner, Rick Deckard (interpretado por Harrison Ford), quien es un cazador de recompensas contactado para destruir a unos  “replicantes” –cuatro on screen –, androides fabricados con bioingeniería, que han huido del espacio a la Tierra. Estos lucen y aparentan comportarse como cualquier humano, y para identificarlos es necesario un examen científico-psicológico denominado “test Voight-Kampff”.

El blade runner Deckard, que caza a Roy Batty (Rutger Hauer), último sobreviviente de los replicantes fugitivos, se ve superado en el clímax de la película por la fuerza e inteligencia de su enemigo. A punto de caer de la cima un edificio, Deckard –en un sorpresivo giro de los acontecimientos– es sujetado por Roy Batty. Por el replicante que ha asesinado a otros humanos. Por el replicante que sabe que Deckard ha cazado y dado muerte a sus compañeros.


Rutger Hauer en Blade Runner (1982) Titles: Blade Runner People: Rutger Hauer. Foto de Warner Bros. - © 2011 Getty Images - Image courtesy gettyimages.com

Lo que podría pensarse como un último y macabro juego del antagonista hacia su víctima –a idea del cazador cazado– se transforma en la continuación de una escena con un poderoso significado. “Qué gran experiencia vivir con miedo ¿No crees? Eso es ser esclavo”, dice Roy Batty, al rescatar a Deckard. Entonces lo levanta con la mano derecha, mientras conserva una paloma blanca en la izquierda.

La acción es muy significativa. El replicante, el “villano” de quien se espera el mal, hace un acto benévolo al rescatar a su verdugo; y con la izquierda, mantiene una paloma blanca, que, después de su muerte, vuela al cielo.

La tradición cristiana nos dirá que el día del Juicio Final sólo los escogidos estarán a la derecha de Dios. A la izquierda los que no. Pero esto no encaja en la composición de la escena, tanto como lo hace la explicación cabalística, que nos dice que la mano derecha significa la piedad y la izquierda la justicia.

El último acto de piedad, de benevolencia, frente a la muerte –y al miedo que esta representa– se constituye en el gran acto humano. Continúa así una de las líneas más bellas del cine. Roy Batty observa a su verdugo:

He visto cosas que ustedes no se imaginan. Naves de ataque incendiándose cerca del hombro de Orión. He visto rayos C centelleando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas... en la lluvia. Es hora de morir.

“Como lágrimas en la lluvia”. Esa misma lluvia que perdura a lo largo del filme y que cae sobre Batty y sobre Deckard. Cae sobre edificios, armas, vehículos y personas. “Pero poco a poco el mundo entero se reúne bajo el agua. Una sola materia ha ganado todo”, aseguraba sobre la lluvia el filósofo francés Gaston Bachelard. “Como lágrimas en la lluvia” … Los recuerdos, la memoria, la existencia, todo se extingue con la muerte. Y, sin embargo, queda  algo más allá de la pérdida: las gotas de lluvia sobre Batty serán aquellas lágrimas que no puede llorar. Al bajar la cabeza para morir, el agua se convierte en imagen de renovación: Roy Batty, ante un Deckard testigo de su existencia, es renovado/bautizado humano.


Harrison Ford y Rutger Hauer en Blade Runner (1982) 

Una paloma blanca se libera de su mano izquierda. Vuela al cielo nubloso, sobre las edificaciones oscuras de la ciudad. Acaso una confirmación de la pureza espiritual alcanzada por el replicante, que raya en lo divino, y al mismo tiempo, liberación de Deckard, de su perspectiva limitada de la vida, que le impulsará a huir con Rachael (Sean Young), otra replicante cuyo destino parece sentenciado. Justicia para seres que desean vivir.

Rutger Hauer,  con su representación y modificación en el guion, no sólo nos ha regalado una de las escenas más bellas del cine, si no que hace parte de un mensaje más presente que nunca, un mensaje donde la piedad hacia el otro –que al mismo tiempo es hacia nosotros– puede que sea el primer gran paso para una justicia auténtica y compasiva. Una justicia donde nuestra condición humana, efímera, no sean sólo lágrimas en la lluvia.



*Profundo agradecimiento a mi amigo Emiro por su lectura




viernes, 29 de marzo de 2019

La mirada



En un semáforo habitual siempre observo un hombre que ofrece limpiar los vidrios de los autos.

Negro, grande, mediana edad, ropa sucia y mirada furiosa. Me pregunto a qué o a quién mira así. No es a un particular, ni a aquellos que rechazan con un gesto su servicio, no es a nadie y es a todos.

Lo he visto lavar los parabrisas con esa mirada; recibir el dinero con la misma furia sorda, como si igual le diera la caridad o la fortuna de una moneda recibida o negada.

Tal vez sospeche una perversión invisible cuando extendemos la mano, en piadoso gesto de moneda que nos sobra, lanzada al aire, búsqueda de redención cotidiana.

Merecemos su furia, incluso cuando obramos bien.